sábado, 2 de febrero de 2013

A menudo me imagino qué estarás haciendo, que pensarás o cómo llevas esta ola de frío. Imagino que tiene que ser muy difícil vivir con mi ausencia a cuestas. ¿Sabes cuál es el peor miedo? El que vive contigo. Por eso imagino que debe ser horrible. Porque cuando tienes miedo a la oscuridad, enciendes la luz y cuando te dan miedo las arañas, corres y huyes, pero es imposible huir de ti misma.
A veces me da por correr. Me acuerdo de ti y solo sé huir pero cuando giro la cabeza, cuando miro para atrás para ver cuanta distancia he creado entre nosotras, tú estás ahí, a menos de un centímetro, todavía más cerca que antes. Es desquiciante correr y correr y no llegar a ningún sitio.

A veces, en esos momentos en los que a mi cabeza le da por abandonar mi cuerpo y volar a dónde (cree que) estás tú, te veo. Te veo en tu casa, léyendo mis pensamientos de 140 caracteres que, alguna vez que otra, te arrancan de cuajo una lágrima. Esas lágrimas tuyas que no salen precisamente cada día que amanece. Te veo metiéndote en la cama, enfrentándote a mi ausencia, a los fantasmas de mi no-estar. Y tú tan valiente, acostándote en la cama, con tu madre a la derecha y un dolor en el pecho con mi nombre a la izquierda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario